No puedo mentir, aquí no. Podría hacerlo, pero no serviría absolutamente de nada. Compara. Compara mis últimas diez o doce entradas con las diez o doce anteriores. ¿Qué ves? Yo veo lo que hay, ni más ni menos; y, por eso, por mucho que me empeñe en teñir la verdad de platino y felicidad, si observas detenidamente la podrás ver en tono ceniza y tristeza.
Mentiría si digo que hace cuatro meses que no follo, me hace gracia hasta decirlo, ¡claro que mentiría! Pero sin embargo no miento si digo que hace cuatro meses que no me apetece follar. Lo hago de buena gana, sin duda; me corro y disfruto; pero me quedo tan vacía como diez minutos antes, tan triste como diez minutos antes y sobre todo, tan fría como dos minutos atrás.
Es la frialdad lo que marca estos días calurosos. Me acuesto sobre la una tras un largo día en el que no he hecho absolutamente nada, leo con gusto a la señorita Penrose y cuando mis ojos ya no pueden más, a eso de las tres, apago la luz, me giro y a dormir. Bueno, al menos esas son mis intenciones. Si tengo suerte caigo rendida hasta la una del mediodía, si no, daré vueltas y más vueltas hasta que por fin hago el esfuerzo de levantarme a por el mando del aire y lo pondré. Esperaré un rato y tras apagarlo, dormiré.
Me duerma a la hora que me duerma mi madre siempre me despierta cuando le viene en gana, a las 10.30 si se aburre, a las 12.30 si solo quiere joder; entonces transcurre más o menos una media hora en la que se empeña en que me levante y yo me empeño en que me deje en paz. Siempre gana. Después de llamarme tres veces, a la una me levanto y me voy chocando contra la pared hasta el baño. Me bajo las bragas, me siento y mientras meo me miro los pies.
Estos despertares tan desagradables me recuerdan los que tengo durante el curso, que son más desagradables toda bien, o eso parece. A las 7 me suena el despertador y procuro estar de un salto en la ducha, si en lugar de apagarlo de pie lo apago tumbada o tengo que hacer pis, es probable que me duerma en la cama o sentada en la taza. Cuando salgo de la ducha estoy lo suficientemente despejada como para no gruñir a nadie, aunque eso sí, sigo con cara de sobada y con la marca de la sábana en cara, escote y piernas. Está marca, dicho sea de paso, aguantará una hora y media en mi piel, de tal forma que al llegar a la uni seguiré con ella.

Cosa distinta es cuando ya me he quedado dormida y mi madre, que se levanta un cuarto de hora más tarde que yo, viene a despertarme. Entonces me la encuentro y dependiendo de cómo estemos de animo nos saludamos o no: si estamos de mal humor no decimos nada y si el único motivo por el que estamos de mal humor es que no hemos tenido que levantar entonces hacemos nuestro saludo ritual.
¿Sabes como muge una vaca, no? Hace algo así como MMMMMMMMMMMMUUUUUUUUUUUUU. Bueno, pues nuestro saludo consiste en la primera parte del mugido, más concretamente en la M inicial, de manera que nos vemos y una dice M, la otra contesta M, y lo que parece un dessaludo de lo más borde, es para nosotras unos buenos días en toda regla.
Venia contando mi día a día. Sigo. Inmediatamente después de levantar, desayuno. Sea la hora que sea. Si al levantarme a la una, me he duchado y son las 13.30, da igual, eso sí, el bollo con el zumo lo cambio por un montado de chorizo y cocacola (el aperitivo).
Después de comer me echo la siesta. Si el clima es el adecuado me duermo más o menos hasta las 19.00 en verano y hasta las 20.30 en invierno. Y después hago cosas hasta que me vuelvo a dormir.
Todo cambia si tengo algo que hacer, en cuyo caso me levanto a la hora que sea necesaria y tengo pila hasta que acabo, eso sí, cuando acabe no me pidas nada porque seguramente necesitaré cuatro o cinco horas de sueño.
Últimamente estoy algo apática. Depresiva. Ayer fui a la universidad a hablar con mi coordinadora. He tenido algunos problemas con un profesor. Cuando mi nota era de 8,5, al buen hombre se lo ocurrió marcar un 7; de tal manera que mi media baja un poquito. Mi cita con la coordinadora fue todo un éxito, solo quería saber qué tal les había salido el curso a mis compañeros de carrera, para valorar si esas décimas de más que debería tener me podrían hacer falta a la hora de la beca. Por lo visto hay un fuera de serie que está en segundo que tiene tres 10 y dos 9, con lo cual no puedo obtener la beca al mejor expediente, con lo cual me quedo con la de media superior a notable, con lo cual ese punto y medio se lo puede meter por el culo en forma de melón. ¡Ohh! El doctor se ha quedado sin verme.
Este señor, del cual no voy a dar su nombre, de momento, es el ser más impresentable que me he echado a la cara en toda mi vida. Llegó a afirmar en una cafetería, entre alumnos, que a las mujeres lo que tienen que hacernos es violarnos y salir corriendo y que si, después de follar mucho, no se les levanta, que usen un cinturón-rabo; lo que viene siendo un arnés o strap-on para el resto de los mortales. También dijo que los sadomasoquistas somos enfermos mentales y que llevar piercings es de guarros, como ves ese día se lució conmigo.
Ha soltado otras muchas perlas de ese estilo que denotan cierto complejo de inferioridad, machismo y una gran capacidad de aprendizaje de las cosas escritas, sin embargo le cuesta entender los temas más elementales. Goza de un buen estatus social, mucha pasta y unas patillas a lo Curro Romero o Jiménez, que para ser sincera no se quienes son. Lleva tirantes y gafas de pasta. Dice que hacer deporte es de sociópatas y que la criminología no sirve para nada, pero ojo, es criminólogo.
Pues este es el sujeto que se enamoró de mi nada más verme o al que empecé a caer mal desde el primer día y que, debido a ello, se ha hartado durante dos años de darme por el culo con el melón que ayer se tuvo que meter él. Le gustaba verme en clase, en los exámenes y en las revisiones; le encantaba leer mis trabajos delante de mí y corregirme. Le gustaba sacarse datos de la manga y hacerme ver que debía haberlos reflejado. Le gustaba mirarme el escote en clase y referirse a mi como su secretaria, yo muy mona y sonriente le reí las gracias hasta que éstas dejaron de tenerla (unas cuatro clases). Una vez aburrida de semejante prepotente decidí intervenir cada vez que dijese algo que no me gustaba (un par de veces por clase) y de este modo acabé, como digo, acudiendo a todas sus revisiones. Definitivamente creo que me tenía manía.
Recuerdo como si fuese ayer el día que hablamos en clase por primera vez de los sadomasoquismos, creo que ya lo he contado alguna vez. Mientras mis compañeros no paraban de expresar con onomatopeyas su sorpresa y asombro ante las palabras del profesor yo me reía discretamente, y es que no todos los días alguien te dice a la cara que eres un animal, anormal y amoral que te desfogas de ese modo porque no tienes éxito en tu vida social y sexual. Lo mejor de todo es que eso lo estaba diciendo él. Mira que lo he contado veces y me sigue haciendo gracia.
Hace poco quedé con una amiga que hacía tiempo que no veía. Muy discretamente y con un objetivo claramente definido me preguntó si seguía jugando, obviamente le contesté que sí. Ahora me pregunto si no mentí.
Me gusta el BDSM, no soy sádica, ni masoquista (en pareja); pero me atrae el juego. Soy terriblemente fetichista y, sobre todo, me interesa mucho el BDSM de manual, como yo lo llamo, es decir, leer sobre los inicios de la práctica, aprender cosas nuevas y demás, y más aún, me interesa la violencia real, las torturas reales y todo lo que tenga que ver con la autodestrucción. Porque en la actualidad todos nos autodestruimos.
No, no mentí; pero teniendo en cuenta que mi actividad sexual está como está, o sea, teniendo en cuenta mi pasividad sexual debo confesar que me dejo hacer y que sea lo que él quiera y luego que se vaya o se duerma, pero que me deje pensar (aquí es cuando me autodestruyo, cuando pienso). Echo la vista atrás y repaso mis últimas relaciones sexuales, muy placenteras, muy dolorosas y muy fogosas y apasionadas; todo un lujo en estos tiempos de estrés. ¿Y de que me sirve tener todo ese dolor, ese placer, esa fogosidad y esa pasión a mi alrededor si yo estoy en el Namib? Me queda la tranquilidad, por lo menos, de que él está agusto, está dormido y está feliz, y cuando se despierte yo ya habré agotado mis pensamientos del momento y todo estará tan normal. Él no se preocupará por mí y yo no tendré que contestar preguntas.
Esta es la clase de hoy, chicas, de cómo autodestruirte mientras follas.
Como decía, la frialdad inunda estos días de calor. Sudo como los chorizos al sol, pero por dentro sigo fría como un mojito. Es matemático, cuantos más días pasamos juntos, más discutimos, más mojito todavía. Creo que quedan quince días para el principio del fin de esta relación. No me atrevo a vaticinar nada porque, todo hay que decirlo, en este último mes ha experimentado un gran cambio que ha hecho que baje el índice de guerras. Nuestras discusiones son o por mentiras o por otras gilipolleces de índole variada, las primeras suponían un 75 u 80% del total, por lo que eliminando éstas nos queda lo más fácil de superar, aquello contra lo que no se lucha, la convivencia.
El problema ahora es que la cleptomanía no se cura, ni los trastornos alimenticios tampoco, y el que miente, miente siempre y, amigo, aquí es donde entra en juego mi previsión. Quince días. Quince.
Sí, tiene solución. Tiene varias soluciones, de hecho. La primera y más básica, no se puede aplicar y la segunda es imposible. Además, aún dándose ambas tengo claro que habría problemas, no es difícil que los haya y puestos a joder…
Ahora bien, ojalá no pase nada, eso sí, si pasa, volveré aquí contenta y diré ¡lo predije! Y con todo lo que tendré que contar invertiré varias horas en relatarlo convenientemente.
Por cierto, me he comprado un esmalte de uñas rojo de Bourjoir precioso, pero tengo un problema: si quiero tener las uñas perfectas tengo que pintármelas todos los días. ¿Alguien tiene un truco para que no se me quite el color tan rápido? De lejos no se nota, pero yo me las veo feas y no me gusta, como tampoco me gusta tener que pintármelas todos los días.
Nunca he sido demasiado constante. En la carrera me va bien por algo que no puedo dominar, mi ser. Soy como soy y así seré, me temo, hasta la muerte; y los logros y las derrotas no serán gracias a mí, serán gracias a mí. Complicado. Quiero decir que cuando me pasa algo bueno, casi nunca es por algo que haya meditado, por el contrario suele ser por cuestiones que decidí por instinto, exámenes que aprobé por el cómo y no por el qué, relaciones acabadas por nada y otras maravillas de mi vida son gracias a mí y no a mí, que es como debería ser.
Mi falta de constancia últimamente me está costando alguna hora menos de sueño. Lo se, lo se, nada me quita el sueño; pero este tema cuánto menos lo retrasa. Resulta que llevo unos días con unas ideas absolutamente fantásticas para escribir, todo es una historia. Cualquier mirada, cualquier suceso evoca a una novela. Voy por la calle y cualquier cosa me produce párrafos y párrafos que no puedo plasmar, las ideas fluyen como agua y lloro cada gota perdida en el mar.
Me perturba no retener nada, algunas ideas quedan en mí y puedo llegar a casa y volcarlas; pero el luto por las caídas me impide concentrarme y, al final, las que perdimos están perdidas y las que llegan a casa llegan mutiladas. Salir de casa es ir a una guerra en la que, pase lo que pase, pierdo.
Además debo añadirle una pizca de sal que sin duda lo hace más sabroso, tengo un fobia impresionante a los textos largos. Al principio pensaba que era falta de costumbre, el hecho de poder contar mis ideas puntuales implica empezar y acabar a la hora, feliz de haber hecho un buen trabajo; y cuando traté la primera vez de escribir algo más largo me nublé, perdí el hilo y lo borré.
El miedo a no saber o no poder continuar un relato que tengo en la cabeza pero que me es imposible hilvanar me impide escribir todo lo que tengo. A veces trato de pintar, desesperada, para ver si puedo ilustrar lo que veo claramente y con todo detalle. La desesperación pinta por mí trazos desordenados, figuras deformadas donde debería haber cariátides y tonos grises donde deberían caber todos los colores. Actúo, lloro, y ese llanto se acaba convirtiendo en mi propia impaciencia y no en mi guión. Canto, desafino. Cocino, mierda. Bailo y ya todo es tan negativo que ni repitiendo los pasos ensayados una y otra vez soy capaz de ver en mi lo que siempre he sido.
Resulta que tras varios intentos he descubierto el verdadero problema, mi verdadero temor. El problema es que no soy capaz de retomar la escritura y mi temor es que, consciente de ciertas limitaciones, no quiero empezar nada que no voy a poder acabar.
Resulta que yo duermo, mucho como ya sabemos; como, salgo, me divierto, leo, veo Mentes Criminales, vuelvo a dormir, me acuesto con mi novio, salgo de compras, escribo, etc. Y resulta que cuando he escrito unos cuantos folios y llega la hora de cenar, se que si me levanto de la silla jamás acabaré ese relato; y se que si me voy a dormir ahora, mañana este texto no encontrará su fin; y que si estas lágrimas que ahora corren por mi mejilla me obligan a parar, posiblemente cuando vuelva todo lo que ahora es una larga fila de anécdotas que contar, se habrá desintegrado y quedará un bosque donde cada arbol es una nueva idea y me perderé buscando la que estaba esculpiendo y lloraré su pérdida, pero ya nunca será lo que podía haber sido.
No soy una persona con grandes problemas. Soy una cría con media de sobresaliente, agraciada y sin demasiados vicios, que conduce un Grand Cherokee y tiene un novio casi perfecto por dentro y por fuera. Y resulta que en vez de llorar porque el profe hijo de puta de turno me putea o porque discuto con mi novio o porque mis uñas se descascarillan, lloro porque no soy capaz de escribir una puta historia y hacer mi vida normal a la vez.
Hace mucho tiempo que mi problemilla psicológico no me atormenta. Parece ser que mi subconsciente es bastante más inteligente que yo, que sabiendo que tengo otros dilemas, me hace ver unas tetas que realmente no tengo. O que si tengo, cállate. A ver si voy a llevar varios meses sin problemas y ahora la vamos a cagar por nombrarlo.
Es cierto que el problema, como he dicho muchas veces, lo tengo presente a diario; pues a diario tengo que ducharme, vestirme, etc. Pero lo asumo con humor, mi hermana y yo solemos ir de tiendas y en ocasiones decimos “eso para cuando tengamos las tetas nuevas”. Que yo sepa ella no tiene mi problema, claro que ella no sabe nada del mío.
Hablando de todo un poco llevo casi dos horas escribiendo y ahora mi cama me reclama. ¿Qué hago? ¿Doy por finalizada la sesión de hoy, sabiendo que mañana no podré continuar?
Aquí es donde empieza mi pesadilla: cerraré el Word y me iré a la cama, un montón de ideas sobre asesiones en serie, abortos y profesores mutilados me acosarán hasta que me duerma, mañana no quedará nada de todos esas palabras relatadas mentalmente y en caso de que algo quede, no podré escribirlo.
El calor me está agobiando. El miedo se apodera de mí. El sueño me vence. Y yo, guerrera, me dejo ganar; pues no hay nada como una cama necesitada o una paz perseguida. Eso sí, lamento profundamente que mis secretos y desahogos se vayan a quedar aquí, pues con las historias de mi vida llenaría tomos enteros y por mi incompetencia no podré dejar rastro de mi existencia.