Morgana Vatori
Scortum

13.7.09

Draculea

Embobada, enamorada me sorprendo mirando por la ventana, apoyada sobre las manos y los codos en el alfeizar. Abstraída, no se cuánto tiempo he estado con la mirada perdida pensando en unas y otras cosas y sin llegar a ninguna conclusión. De pronto un mucielaguillo se cruza entre el punto del horizonte que miro y yo, sigo su vuelo torpe y aleatorio durante un rato y cuando decido pasar de él su actitud me provoca una enorme curiosidad: se ha posado en el suelo y me está mirando. Sin apartar la mirada echo la mano a la mesa, tanteo y cojo mis gafas, quiero verlo con claridad. De pronto da un par de pasos, gira sobre si mismo y surge de él una figura humana agachada, de espaldas y terriblemente grande. Se yergue es un hombre, alto de espalda ancha y con el pelo muy, muy corto. Me mira girando solamente su cabeza y retrocedo. Se gira del todo, avanza sin apartar su mirada de mí y me pierdo en ella. Tiene los ojos negros, tan negros como la noche; la piel oscura y los labios finos. Retrocedo aún más. Miro al suelo y pienso tratando de convencerme de que no he visto nada de lo que estoy contando, en la calle no hay un hombre tremendamente atractivo y que instantes antes era un quiróptero. Me asomo de nuevo a la ventana y no está, lo sabía; le veo en sueños y le recuerdo despierta, pero nunca le había imaginado con tanta claridad. Busco. No, no esta. Estoy enloqueciendo. Sigo buscando. De pronto una voz clara, pero grave me pregunta: “¿Buscas algo?”. Sea quién sea está detrás de mí y no debería. Me giro pegándome a la ventana y me desmayo cuando le veo ahí quieto, imponente y varonil, jugando con mi temor. Despierto al poco rato y no quiero abrir los ojos, noto como me mira y no quiero entablar una conversación con él, no quiero mirarle, no quiero tener que verlo delante de mi, no quiero enfrentarme a él: acabaré rindiéndome a sus placeres y me hará presa de su encanto; pero estos pensamientos son interrumpidos por una sensación que no puedo controlar, un cosquilleo insoportable me provoca un estornudo delicado y suave que delata mi estado. Me agarra con fuerza las muñecas y se sienta sobre mí. “Se que estás despierta, mírame” me ordena. Me hago la sorda, la loca y la dormida. Reitera su orden, me zarandea. Mi sordera ha pasado a ser el más sincero estado de inconsciencia, estoy muerta. Arrima su boca a mi cuello, me lame, se dirige a mi oído y me susurra “abre los ojos”, los abro, me sonríe, “bésame” me dice y mientras se acerca a mí se convierte en la criatura más espantosa que jamás había visto, un monstruo que, consciente de mi horror, se abalanza sobre mí. Me asusto y en lugar de cerrar los ojos, los abro, no está. Me tapo deprisa con la sábana. Estaba soñando. No está. Joder. No está.

8.7.09

De cómo la muerte me corteja II

Era sucio, guarro, grosero y soez. Era el mejor ejemplo de viejo verde. Su sentido del humor era negro, siempre basado en las miserias de los demás. Odiaba con firmeza a una de sus dos hijas, amaba con locura a la otra. Trabajador como pocos, borracho como ninguno. Sus hijas y sus sobrinos le recuerdan como ese viejo que siempre tenía un huevo fuera.

Tío, le decían, se te salen los cojones. Ya sois mayores replicaba él. Dicen que cuando no era un testículo era el otro y, si ambos estaban en su sitio, era el pene lo que tenía fuera.

Las uñas largas y sucias, su olor a cerveza y vodka era característico, sus borracheras memorables. Maldito maleducado. Pegó a su mujer en una ocasión, nadie recuerda el motivo, aunque sí se recuerda como se tambaleaba tras lo sucedido, el alcohol le había jugado una mala pasada. Su mujer, que no pensaba tolerar tonterías de ese tipo, agarró la sartén por el mago.

Agarró la sartén por el mango, como decía, y le endiñó tal sartenazo que tuvieron que darle varios puntos en la cabeza. La hermana y la madre de su mujer, mi abuela y bisabuela, respectivamente; fueron corriendo a su casa cuando ella apareció con la cara amoratada y llorando, sin poder articular palabra. Le curaron, le leyeron la cartilla y no le empalaron porque su mujer sabía defenderse sola. Nunca más volvió a ponerle la mano encima. Aunque me consta que tenía la lengua muy larga y que ella estuvo a punto de cortársela. Corrían otros tiempos.

Enviudó hace siete años, más o menos. Murió anoche, tras un año en el que la vida le ha castigado duramente.

La última vez que le vi fue aproximadamente hace un año. Le recuerdo con cariño porque hizo una broma con la que me he estado riendo todo este tiempo y que aún me hace gracia. Estábamos viendo la tele y salió un hombre con una dentadura muy, muy peculiar; tenía los paletos enormes. El tío Ramón dijo “joder ese, si lleva los dientes en el bolsillo de la camisa” sacándose el tabaco de dicho bolsillo. Supongo que no todos los días se ve a un anciano haciendo ese tipo de bromas.

En fin, Ramón, te recordaremos por todo lo que has sido, para bien o para mal. Yo recordaré tu sonrisa pícara de perverso redomado y ellas recordarán tus genitales.

Descansa en paz.

A veces sólo puedo mugir

No puedo mentir, aquí no. Podría hacerlo, pero no serviría absolutamente de nada. Compara. Compara mis últimas diez o doce entradas con las diez o doce anteriores. ¿Qué ves? Yo veo lo que hay, ni más ni menos; y, por eso, por mucho que me empeñe en teñir la verdad de platino y felicidad, si observas detenidamente la podrás ver en tono ceniza y tristeza.

Mentiría si digo que hace cuatro meses que no follo, me hace gracia hasta decirlo, ¡claro que mentiría! Pero sin embargo no miento si digo que hace cuatro meses que no me apetece follar. Lo hago de buena gana, sin duda; me corro y disfruto; pero me quedo tan vacía como diez minutos antes, tan triste como diez minutos antes y sobre todo, tan fría como dos minutos atrás.

Es la frialdad lo que marca estos días calurosos. Me acuesto sobre la una tras un largo día en el que no he hecho absolutamente nada, leo con gusto a la señorita Penrose y cuando mis ojos ya no pueden más, a eso de las tres, apago la luz, me giro y a dormir. Bueno, al menos esas son mis intenciones. Si tengo suerte caigo rendida hasta la una del mediodía, si no, daré vueltas y más vueltas hasta que por fin hago el esfuerzo de levantarme a por el mando del aire y lo pondré. Esperaré un rato y tras apagarlo, dormiré.

Me duerma a la hora que me duerma mi madre siempre me despierta cuando le viene en gana, a las 10.30 si se aburre, a las 12.30 si solo quiere joder; entonces transcurre más o menos una media hora en la que se empeña en que me levante y yo me empeño en que me deje en paz. Siempre gana. Después de llamarme tres veces, a la una me levanto y me voy chocando contra la pared hasta el baño. Me bajo las bragas, me siento y mientras meo me miro los pies.

Estos despertares tan desagradables me recuerdan los que tengo durante el curso, que son más desagradables toda bien, o eso parece. A las 7 me suena el despertador y procuro estar de un salto en la ducha, si en lugar de apagarlo de pie lo apago tumbada o tengo que hacer pis, es probable que me duerma en la cama o sentada en la taza. Cuando salgo de la ducha estoy lo suficientemente despejada como para no gruñir a nadie, aunque eso sí, sigo con cara de sobada y con la marca de la sábana en cara, escote y piernas. Está marca, dicho sea de paso, aguantará una hora y media en mi piel, de tal forma que al llegar a la uni seguiré con ella.

Cosa distinta es cuando ya me he quedado dormida y mi madre, que se levanta un cuarto de hora más tarde que yo, viene a despertarme. Entonces me la encuentro y dependiendo de cómo estemos de animo nos saludamos o no: si estamos de mal humor no decimos nada y si el único motivo por el que estamos de mal humor es que no hemos tenido que levantar entonces hacemos nuestro saludo ritual.

¿Sabes como muge una vaca, no? Hace algo así como MMMMMMMMMMMMUUUUUUUUUUUUU. Bueno, pues nuestro saludo consiste en la primera parte del mugido, más concretamente en la M inicial, de manera que nos vemos y una dice M, la otra contesta M, y lo que parece un dessaludo de lo más borde, es para nosotras unos buenos días en toda regla.

Venia contando mi día a día. Sigo. Inmediatamente después de levantar, desayuno. Sea la hora que sea. Si al levantarme a la una, me he duchado y son las 13.30, da igual, eso sí, el bollo con el zumo lo cambio por un montado de chorizo y cocacola (el aperitivo).

Después de comer me echo la siesta. Si el clima es el adecuado me duermo más o menos hasta las 19.00 en verano y hasta las 20.30 en invierno. Y después hago cosas hasta que me vuelvo a dormir.

Todo cambia si tengo algo que hacer, en cuyo caso me levanto a la hora que sea necesaria y tengo pila hasta que acabo, eso sí, cuando acabe no me pidas nada porque seguramente necesitaré cuatro o cinco horas de sueño.

Últimamente estoy algo apática. Depresiva. Ayer fui a la universidad a hablar con mi coordinadora. He tenido algunos problemas con un profesor. Cuando mi nota era de 8,5, al buen hombre se lo ocurrió marcar un 7; de tal manera que mi media baja un poquito. Mi cita con la coordinadora fue todo un éxito, solo quería saber qué tal les había salido el curso a mis compañeros de carrera, para valorar si esas décimas de más que debería tener me podrían hacer falta a la hora de la beca. Por lo visto hay un fuera de serie que está en segundo que tiene tres 10 y dos 9, con lo cual no puedo obtener la beca al mejor expediente, con lo cual me quedo con la de media superior a notable, con lo cual ese punto y medio se lo puede meter por el culo en forma de melón. ¡Ohh! El doctor se ha quedado sin verme.

Este señor, del cual no voy a dar su nombre, de momento, es el ser más impresentable que me he echado a la cara en toda mi vida. Llegó a afirmar en una cafetería, entre alumnos, que a las mujeres lo que tienen que hacernos es violarnos y salir corriendo y que si, después de follar mucho, no se les levanta, que usen un cinturón-rabo; lo que viene siendo un arnés o strap-on para el resto de los mortales. También dijo que los sadomasoquistas somos enfermos mentales y que llevar piercings es de guarros, como ves ese día se lució conmigo.

Ha soltado otras muchas perlas de ese estilo que denotan cierto complejo de inferioridad, machismo y una gran capacidad de aprendizaje de las cosas escritas, sin embargo le cuesta entender los temas más elementales. Goza de un buen estatus social, mucha pasta y unas patillas a lo Curro Romero o Jiménez, que para ser sincera no se quienes son. Lleva tirantes y gafas de pasta. Dice que hacer deporte es de sociópatas y que la criminología no sirve para nada, pero ojo, es criminólogo.

Pues este es el sujeto que se enamoró de mi nada más verme o al que empecé a caer mal desde el primer día y que, debido a ello, se ha hartado durante dos años de darme por el culo con el melón que ayer se tuvo que meter él. Le gustaba verme en clase, en los exámenes y en las revisiones; le encantaba leer mis trabajos delante de mí y corregirme. Le gustaba sacarse datos de la manga y hacerme ver que debía haberlos reflejado. Le gustaba mirarme el escote en clase y referirse a mi como su secretaria, yo muy mona y sonriente le reí las gracias hasta que éstas dejaron de tenerla (unas cuatro clases). Una vez aburrida de semejante prepotente decidí intervenir cada vez que dijese algo que no me gustaba (un par de veces por clase) y de este modo acabé, como digo, acudiendo a todas sus revisiones. Definitivamente creo que me tenía manía.

Recuerdo como si fuese ayer el día que hablamos en clase por primera vez de los sadomasoquismos, creo que ya lo he contado alguna vez. Mientras mis compañeros no paraban de expresar con onomatopeyas su sorpresa y asombro ante las palabras del profesor yo me reía discretamente, y es que no todos los días alguien te dice a la cara que eres un animal, anormal y amoral que te desfogas de ese modo porque no tienes éxito en tu vida social y sexual. Lo mejor de todo es que eso lo estaba diciendo él. Mira que lo he contado veces y me sigue haciendo gracia.
Hace poco quedé con una amiga que hacía tiempo que no veía. Muy discretamente y con un objetivo claramente definido me preguntó si seguía jugando, obviamente le contesté que sí. Ahora me pregunto si no mentí.

Me gusta el BDSM, no soy sádica, ni masoquista (en pareja); pero me atrae el juego. Soy terriblemente fetichista y, sobre todo, me interesa mucho el BDSM de manual, como yo lo llamo, es decir, leer sobre los inicios de la práctica, aprender cosas nuevas y demás, y más aún, me interesa la violencia real, las torturas reales y todo lo que tenga que ver con la autodestrucción. Porque en la actualidad todos nos autodestruimos.

No, no mentí; pero teniendo en cuenta que mi actividad sexual está como está, o sea, teniendo en cuenta mi pasividad sexual debo confesar que me dejo hacer y que sea lo que él quiera y luego que se vaya o se duerma, pero que me deje pensar (aquí es cuando me autodestruyo, cuando pienso). Echo la vista atrás y repaso mis últimas relaciones sexuales, muy placenteras, muy dolorosas y muy fogosas y apasionadas; todo un lujo en estos tiempos de estrés. ¿Y de que me sirve tener todo ese dolor, ese placer, esa fogosidad y esa pasión a mi alrededor si yo estoy en el Namib? Me queda la tranquilidad, por lo menos, de que él está agusto, está dormido y está feliz, y cuando se despierte yo ya habré agotado mis pensamientos del momento y todo estará tan normal. Él no se preocupará por mí y yo no tendré que contestar preguntas.

Esta es la clase de hoy, chicas, de cómo autodestruirte mientras follas.

Como decía, la frialdad inunda estos días de calor. Sudo como los chorizos al sol, pero por dentro sigo fría como un mojito. Es matemático, cuantos más días pasamos juntos, más discutimos, más mojito todavía. Creo que quedan quince días para el principio del fin de esta relación. No me atrevo a vaticinar nada porque, todo hay que decirlo, en este último mes ha experimentado un gran cambio que ha hecho que baje el índice de guerras. Nuestras discusiones son o por mentiras o por otras gilipolleces de índole variada, las primeras suponían un 75 u 80% del total, por lo que eliminando éstas nos queda lo más fácil de superar, aquello contra lo que no se lucha, la convivencia.

El problema ahora es que la cleptomanía no se cura, ni los trastornos alimenticios tampoco, y el que miente, miente siempre y, amigo, aquí es donde entra en juego mi previsión. Quince días. Quince.

Sí, tiene solución. Tiene varias soluciones, de hecho. La primera y más básica, no se puede aplicar y la segunda es imposible. Además, aún dándose ambas tengo claro que habría problemas, no es difícil que los haya y puestos a joder…

Ahora bien, ojalá no pase nada, eso sí, si pasa, volveré aquí contenta y diré ¡lo predije! Y con todo lo que tendré que contar invertiré varias horas en relatarlo convenientemente.

Por cierto, me he comprado un esmalte de uñas rojo de Bourjoir precioso, pero tengo un problema: si quiero tener las uñas perfectas tengo que pintármelas todos los días. ¿Alguien tiene un truco para que no se me quite el color tan rápido? De lejos no se nota, pero yo me las veo feas y no me gusta, como tampoco me gusta tener que pintármelas todos los días.

Nunca he sido demasiado constante. En la carrera me va bien por algo que no puedo dominar, mi ser. Soy como soy y así seré, me temo, hasta la muerte; y los logros y las derrotas no serán gracias a mí, serán gracias a mí. Complicado. Quiero decir que cuando me pasa algo bueno, casi nunca es por algo que haya meditado, por el contrario suele ser por cuestiones que decidí por instinto, exámenes que aprobé por el cómo y no por el qué, relaciones acabadas por nada y otras maravillas de mi vida son gracias a mí y no a mí, que es como debería ser.

Mi falta de constancia últimamente me está costando alguna hora menos de sueño. Lo se, lo se, nada me quita el sueño; pero este tema cuánto menos lo retrasa. Resulta que llevo unos días con unas ideas absolutamente fantásticas para escribir, todo es una historia. Cualquier mirada, cualquier suceso evoca a una novela. Voy por la calle y cualquier cosa me produce párrafos y párrafos que no puedo plasmar, las ideas fluyen como agua y lloro cada gota perdida en el mar.

Me perturba no retener nada, algunas ideas quedan en mí y puedo llegar a casa y volcarlas; pero el luto por las caídas me impide concentrarme y, al final, las que perdimos están perdidas y las que llegan a casa llegan mutiladas. Salir de casa es ir a una guerra en la que, pase lo que pase, pierdo.

Además debo añadirle una pizca de sal que sin duda lo hace más sabroso, tengo un fobia impresionante a los textos largos. Al principio pensaba que era falta de costumbre, el hecho de poder contar mis ideas puntuales implica empezar y acabar a la hora, feliz de haber hecho un buen trabajo; y cuando traté la primera vez de escribir algo más largo me nublé, perdí el hilo y lo borré.

El miedo a no saber o no poder continuar un relato que tengo en la cabeza pero que me es imposible hilvanar me impide escribir todo lo que tengo. A veces trato de pintar, desesperada, para ver si puedo ilustrar lo que veo claramente y con todo detalle. La desesperación pinta por mí trazos desordenados, figuras deformadas donde debería haber cariátides y tonos grises donde deberían caber todos los colores. Actúo, lloro, y ese llanto se acaba convirtiendo en mi propia impaciencia y no en mi guión. Canto, desafino. Cocino, mierda. Bailo y ya todo es tan negativo que ni repitiendo los pasos ensayados una y otra vez soy capaz de ver en mi lo que siempre he sido.

Resulta que tras varios intentos he descubierto el verdadero problema, mi verdadero temor. El problema es que no soy capaz de retomar la escritura y mi temor es que, consciente de ciertas limitaciones, no quiero empezar nada que no voy a poder acabar.

Resulta que yo duermo, mucho como ya sabemos; como, salgo, me divierto, leo, veo Mentes Criminales, vuelvo a dormir, me acuesto con mi novio, salgo de compras, escribo, etc. Y resulta que cuando he escrito unos cuantos folios y llega la hora de cenar, se que si me levanto de la silla jamás acabaré ese relato; y se que si me voy a dormir ahora, mañana este texto no encontrará su fin; y que si estas lágrimas que ahora corren por mi mejilla me obligan a parar, posiblemente cuando vuelva todo lo que ahora es una larga fila de anécdotas que contar, se habrá desintegrado y quedará un bosque donde cada arbol es una nueva idea y me perderé buscando la que estaba esculpiendo y lloraré su pérdida, pero ya nunca será lo que podía haber sido.

No soy una persona con grandes problemas. Soy una cría con media de sobresaliente, agraciada y sin demasiados vicios, que conduce un Grand Cherokee y tiene un novio casi perfecto por dentro y por fuera. Y resulta que en vez de llorar porque el profe hijo de puta de turno me putea o porque discuto con mi novio o porque mis uñas se descascarillan, lloro porque no soy capaz de escribir una puta historia y hacer mi vida normal a la vez.

Hace mucho tiempo que mi problemilla psicológico no me atormenta. Parece ser que mi subconsciente es bastante más inteligente que yo, que sabiendo que tengo otros dilemas, me hace ver unas tetas que realmente no tengo. O que si tengo, cállate. A ver si voy a llevar varios meses sin problemas y ahora la vamos a cagar por nombrarlo.

Es cierto que el problema, como he dicho muchas veces, lo tengo presente a diario; pues a diario tengo que ducharme, vestirme, etc. Pero lo asumo con humor, mi hermana y yo solemos ir de tiendas y en ocasiones decimos “eso para cuando tengamos las tetas nuevas”. Que yo sepa ella no tiene mi problema, claro que ella no sabe nada del mío.

Hablando de todo un poco llevo casi dos horas escribiendo y ahora mi cama me reclama. ¿Qué hago? ¿Doy por finalizada la sesión de hoy, sabiendo que mañana no podré continuar?

Aquí es donde empieza mi pesadilla: cerraré el Word y me iré a la cama, un montón de ideas sobre asesiones en serie, abortos y profesores mutilados me acosarán hasta que me duerma, mañana no quedará nada de todos esas palabras relatadas mentalmente y en caso de que algo quede, no podré escribirlo.

El calor me está agobiando. El miedo se apodera de mí. El sueño me vence. Y yo, guerrera, me dejo ganar; pues no hay nada como una cama necesitada o una paz perseguida. Eso sí, lamento profundamente que mis secretos y desahogos se vayan a quedar aquí, pues con las historias de mi vida llenaría tomos enteros y por mi incompetencia no podré dejar rastro de mi existencia.

5.7.09

"A mí, que tengo que vivirla"

La semana pasada cumplí años, creo; no estoy segura porque no se que día es hoy. A las 12.00 de la mañana comenzaba mi vigésimo segundo año de vida y, como es habitual, nada ha cambiado desde entonces.

Iba conduciendo de camino a casa cuando se me ocurrió celebrarlo con un texto y en cuanto llegué a casa me puse manos a la obra.

El acto transcurría en una época no detallada donde un número no muy elevado de intelectuales se reunían escondidos de la sociedad para tener sus pecaminosas y perturbadas conversaciones, nada que los que nos leemos habitualmente por estos lares no podamos escuchar, por supuesto.

En esta ocasión una famosa oradora subía al escenario a deleitar a los asistentes una historia sobre una heroína, una amazona anónima cuyo intelecto aún no se ha completado, pero que promete delirios a cuantos la rodean; una atractiva mujer que es querida y adorada por todos, pero a la que nadie quiere conocer.

Entre fragmento y fragmento la oradora desciende de su lugar natural al parquet de los mortales con los que charla, bebe y ríe, mientras una enmascarada de látex sentada en un mueble humano canta para todos.

Llevaba unos cuantos folios escritos cuando de pronto el hilo de la historia se rompió. Me encontré narrando una vida que no quiero recordar, una vida perfecta y serena que de tan idílica como es me resulta soberanamente aburrida. ¿Me imaginan escribiendo mis memorias en tono dramático contando como me adoro a mi misma por ser como soy? La sola idea de leer tres líneas seguidas escritas sobre una mujer que se ama en exceso a sí misma me resulta cargante y, como soy una estupenda anfitriona, no se me ocurriría aburrirles a ustedes a propósito.

Entonces me planteo qué decir sobre mí para hacer un texto adecuado para la ocasión y, sinceramente, no creo que pueda añadir nada que no sepan ustedes ya. El fisico ya lo conocen ustedes, seguro. Saben mi edad, saben lo que estudio, saben mis sueños; algunas dudas hay sobre mi sexualidad, pero son fácilmente solventables; saben si tengo pareja o no; saben que tengo un pequeño problemilla psicológico que en ocasiones me atormenta, pero no me quita el sueño, ojo; saben como escribo y hasta lo que me gusta leer; y haciendo esta pequeña lista preveo que hay muchas cosas que ustedes no saben, pero que dudo mucho les interese saber, así que todos contentos.

Trataba de escribir un gran relato, un relato rico en la forma y rico en cuanto al contenido, sin embargo me asaltó la inteligencia y me preguntó “¿A quién crees que le puede interesar tu vida?”. “A mí, que tengo que vivirla” contesté. Y entonces me di cuenta de que es una pérdida de tiempo dedicarme un texto; porque cada texto que escribo tiene retazos míos, cada foto que hago y cada cuadro que pinto soy yo. Es inútil ampliar la información personal de un ser que no interesa por sí mismo, sino por su forma de verse y ver todo lo demás.

Solamente pido un deseo al soplar las velas de mi tarta de chocolate y es que tenga la agudeza y capacidad necesaria para triunfar en lo que me proponga a lo largo de la vida. Por favor.

26.6.09

Y, en lugar de eso, dices...

Imagina tener a tu chico al otro lado de la cam y que éste te pregunte “¿Quieres ver como estoy?”. Tú piensas “muy bueno, pero eso ya lo se yo”, sin embargo, en lugar de eso dices “Sí”.

Entonces él baja su cámara y enfoca directamente a su silla, dónde está sentado y desnudo y, como si fuera la primera vez que ves ese rabo piensas “¡Jooder!” y, en lugar de eso, dices “Tápate, ¡por Dios!”.

Él duda sobre tu verdadera intención al pedirle que se tape y pregunta “¿Seguro?” y tú te preguntas “¿como es posible que estando relajada le cuelgue tanto?” y, en lugar de eso, dices “No”.

De manera que él no se tapa y tú permaneces quieta observando como poco a poco se alarga mientras toma una posición cada vez más vertical y piensas “¿Mañana tendré oportunidad de follármelo?” y, en lugar de eso, dices “Tápate ya, por favor”.

Él se tapa y piensas “No me extraña que me duela tanto” y, como última omisión, dices “Gracias”.

Parece una anécdota más, una anécdota que sucedió el miércoles y que no debería tener mayor repercusión que una excitación suprema; pero hay que filosofar, hay que llegar a la sustancia de los sucesos, hay que desentrañar las lecciones que la propia vida nos da disfrazadas de situaciones comunes.

Esta mañana caminaba a las 8.00 por un polígono industrial y trataba de recordar con detalles la conducta de mi chico, mi conducta y el resultado de la concurrencia de ambas. Puedo resumir mis cavilaciones en una reafirmación total de mi ya postulado principio de la más absoluta sinceridad en el seno de la pareja.

Resulta que puestos a reflexionar sobre las consecuencias de nuestros modos de actuar, he podido llegar a la conclusión de que, aunque parezca mentira, en unas personas sensibles como somos nosotros sí podría llegar a causar algún que otro problemilla.

Supongamos que mi chico espera que a mi se me caiga la baba mirando su pene y yo, que no quiero mostrar mi excitación, disimulo quitándole importancia al tema. Ahora miremoslo desde su punto de vista, tratas de excitar a tu pareja y ella pasa de ti, ¿no cambia bastante la percepción?

Realmente el hecho carece de importancia porque, si no lo sabía ya, al leer esto podrá enterarse de lo que realmente sentí en ese momento; pero creo necesario relacionarlo directamente con la comunicación, la sinceridad y la confianza.

No concibo una relación sin estos tres pilares. La necesidad de comunicación no es algo nuevo, todos sabemos que hablar las cosas es la mejor solución para todo, sea un problema o no, un tema hablado es un tema consensuado, es algo acordado y, por tanto, conforma unas pautas de conducta previamente aceptadas, es decir, hay menos margen de error. Obviamente tras la comunicación debemos situar la sinceridad. Estos dos conceptos deben ir necesariamente unidos pues podría haber sinceridad sin demasiada comunicación, pero ¿aceptamos la comunicación sin sinceridad?

No. No serviría de nada.

El tercer pilar del que hablo es una consecuencia directa de la conjunción de comunicación y sinceridad. Con unas circunstancias neutras y concurriendo los dos primeros conceptos la confianza nace por si sola; puede ocurrir, por supuesto, que aún llevando a raja tabla los niveles de comunicación y sinceridad, la confianza no aparezca; esto podría deberse a un trastorno de alguna de las partes o algún problema cultivado, en cuyo caso la recolección se compondrá en su mayor parte de desconfianza y celos.

En estos temas tan personales no es adecuado establecer verdades universales porque lo que a mi me funciona no tiene porque funcionarle a un tercero; pero me atrevo a aconsejar, pues me considero una notable estudiante de la materia. Las ostias que me da y me sigue dando mi vida me enseñan y aleccionan a diario. Considero, como he dicho, de vital importancia hablar con la pareja a menudo sobre miedos e ilusiones; conversaciones que deben estar reinadas por la sinceridad y que, pueden no mejorar una situación, pero raramente la empeoran.

Ahora es cuando aparece Carla Bruni y dice: “No me molestan las mentiras, de hecho las considero necesarias en una pareja; la realidad es demasiado cruel”.

Mi respuesta a la señorita Bruni es clara e irónicamente sincera: “Prefiero morir apuñalada que vivir mantenida mecánicamente”. (Románticamente hablando, no metamos aquí eutanasias y demás.)

Concluyendo, cielo, siento mucho no haber dejado mi baba correr cuando debí hacerlo. Trato de enseñarte que la sinceridad es el principal componente que exijo y te obligo a observar esa exigencia con una diligencia plena y yo, maestra, agacho la cabeza y dejo pasar la oportunidad de alabarte, ya no solo por lo que me enseñas, sino por el valor que se que le hechas y la intención de jugar que demuestras. Debía haberme dejado de llevar, tal como te pido que hagas tú conmigo.

Concluyendo, terceros, no cometáis esos errores en base a los que hoy me permito el lujo de hablar. Hablad sinceramente, hablad con el corazón, con el pene o con lo que queráis, pero que sea sinceramente.

25.6.09

Leyenda Maldita

La imagen es de Santiago Caruso, parte de la colección que ilustra la nueva edición de La Condesa Sangrienta de Alejandra Pizarnik; texto que, por cierto, me recomendó Hundra hace no demasiado y que ahora constituye mi primer objetivo de lectura de cara a las vacaciones.

La pregunta es: ¿qué ves en la imagen?


¿Y en esta?